“Se necesitan dos años
para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.”
Ernest Hemingway
(1896-1961) Escritor estadounidense.
En
la entrada anterior, hablábamos de aquellas cosas que las organizaciones no
“deberían” mantener ocultas, como otra cara de la misma moneda, esta
publicación pretende mostrar que hay ocasiones en que mantener cierta
información a resguardo es, desde la ética, la opción más adecuada.
Más
allá del estereotipo que indica que las mujeres no podemos guardar secretos,
esta viñeta de Quino nos anima a pensar en el valor del silencio.
Quizás
puede resultarnos fácil entender que los periodistas, médicos, psicólogos,
contadores o abogados, no compartan cierta información acerca de sus fuentes,
pacientes o clientes: ¿Cuán ético sería que un psicólogo, en una reunión de
amigos, cuente como su paciente llora desconsolado porque no puede superar la
pérdida de un ser querido?
Del
mismo modo, quizás podamos entender que las empresas guarden celosamente sus
manuales de procedimiento, los avances de una investigación o la fórmula
“secreta” de la Coca Cola y al preguntarnos si se correcto que un empleado de
una compañía, al ser contratado por otra, se lleve consigo las instrucciones
para fabricar determinado producto, surja rápidamente un no como respuesta.
¿Pero
qué ocurre cuando pensamos en las organizaciones sin fines de lucro? Quizás sea
correcto suponer que si lo que estas buscan es el bien común, pueden compartir
las estrategias que permitieron que una campaña determinada sea un éxito,
aunque no estén obligadas a hacerlo.
Hasta
aquí, parece que la conclusión adecuada sería pensar que la información
confidencial dependerá de los objetivos de la organización y en como esa
información se relaciones con estos, sin embargo, hay ocasiones en que no es
tan sencillo determinar cuál es la información que las organizaciones no deben
compartir:
¿Está
bien que un voluntario de una organización sin fines de lucro comparta con otra
los teléfonos de los donantes de la misma?
¿Es
correcto que una empresa mantenga oculto que el ingrediente secreto de sus
preparaciones puede resultar perjudicial para la salud?
¿Es
ético, por ejemplo, que una organización de ayuda a las víctimas de violencia
doméstica, publiqué un listado de las personas que se acercaron a la misma a
buscar ayuda?
Determinar
cuál es la información que la organización no “debería” divulgar puede ser una tarea que requiera de un
análisis reflexivo, en el que se deben tener en cuenta una serie de factores
que nunca se presentan de manera aislada, por lo que no debemos perder de vista
que el mismo nunca se centrará en uno sólo de esos factores.
Entrada escrita por Natalia Giorgetti


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